martes 18 de mayo de 2010

EL CUCO QUE VOLÓ DE SU NIDO

En "La leyenda de la ciudad sin nombre" hay un personaje que descubre tener unas extraordinarias facultades y gran disposición para todo aquello relacionado con lo que en épocas pretéritas se denominaba "la vida disoluta". El tipo tenia gran tolerancia al alcohol, era irresistible a las mujeres (que quedaban además rendidas a sus encantos y satisfechas en grado sumo), era hábil en el juego y de puño fácil; era pues, un prototipo de ese hombre del lejano oeste, un cliché con patas que parece no tener sentido en la vida real.





Lo que venía siendo una rave en el Far West

Aunque puedo certificar la existencia de un espécimen similar. Un personaje carismático y de tal sociabilidad que era conocido y querido en su ciudad, gran amante de la juerga y las salidas nocturnas, los bares eran su hábitat natural y era capaz de consumir grandes cantidades de alcohol y drogas sin apenas inmutarse; un imán para las mujeres (pero la clase de hombre al que saben que no deben tratar de atrapar, y al que siempre recordarán con una sonrisa)
y para las situaciones, cuando menos, peculiares.

En una ocasión y, estando ingresado en un hospital por una herida de gravedad en un brazo provocada por un accidente, pude constatar que tenía mucha más vida social en aquel estado que la mayoría de los mortales en nuestra noche más loca.

Recuerdo que cuando me enteré de su accidente acudí en seguida a visitarle (nos unía una amistad desde la infancia) y, para mi sorpresa, la sala de espera de la planta se había convertido en una especie de "chill out" en el que se reunía lo más granado y variado de la sociedad lugareña: modernos prebomberos, gafapastas sabiondillos y molones, heavys irredentos, proveedores de sustancias y, por supuesto, groupies, muchas groupies.



El hospital tenía en cada planta, y rodeando toda la fachada, una terraza; único lugar en el que se podía fumar y no porque estuviera permitido, sino porque era difícil ser sorprendido. Pues bien, durante aquellos días del verano del 2004 se consumió allí mucho hachís, y no precisamente con fines terapéuticos.




Cuando el espécimen fue operado y su grado de recuperación le permitía deambular por el hospital, era habitual encontrarle en aquella terraza, siempre acompañado de distintos colegas que le facilitaban algunas caladas a un canuto o unos tragos de cerveza, todo ello terminantemente prohibido por orden facultativa. Me pregunto cuántos pasaron por allí, ya que en las ocasiones en que estuve aparecieron diferentes personas, ya fuera en grupo, en parejas o en solitario, de toda clase y condición, y todos ellos con actitud de íntimos.

Pues he aquí que una tarde, cuando el equipo médico acudió en busca de su paciente para realizar un seguimiento o administrar un tratamiento, éste no se encontraba en la habitación. Primero cundió la alarma, pero ante el aviso a la familia, su madre (mujer sensata y conocedora de las costumbres de su vástago) aseguró que su hijo no podía estar en otro lugar que no fuera aquella terraza, como ya saben, más concurrida que las de la Castellana.

El que fue enviado a mirar se asomó al balcón, pero no se le ocurrió recorrer la distancia de unos 10 metros que había hasta la esquina del edificio para acceder al recóndito lugar que servía de smoking room a su troupe, y volvió anunciando su ausencia. Entonces ya cundió el pánico: se enviaron celadores y enfermeras en su busca, que peinaron los bares de la zona sin éxito. El hospital fue un revuelo de batas blancas escudriñando rincones e interrogando convalecientes. "Dios santo, ¡se nos ha perdido un paciente!".

La madre insistía: "Pero, ¿han mirado en el balcón?" La búsqueda duró varias horas y cuando el susodicho volvió a su habitación, le esperaba allí la monumental bronca de su médico y de varios cientos de enfermeras (ya antes del incidente medio hospital le conocía por su nombre, pero aquello fue de portada del Hola!).



Cuando refirió haber estado todo ese tiempo en la famosa terraza, nadié le creyó, e incluso los más de sus amigos le guiñaban el ojo y se propinaban codazos entre sonrisas socarronas: "Anda, cabroncete, ya nos contarás, eh?". Unos se lo imaginaban en en algún bar clandestino lleno de personajes salidos de las canciones de Sabina, trasegando cubatas y fumateando (bonita imagen teniendo en cuenta la bata de hospital y el brazo en cabestrillo); otros, asaltando con dos de sus acólitos la farmacia del hospital; y la mayoría estaban convencidos de que había estado en alguna remota habitación desocupada con una hermosa y solícita enfermera cabalgando sobre su regazo.


2 comentarios:

Sylvia Beach dijo...

Probando, probando

INPDAP prestiti dijo...

Porquè, en general, a las mujeres nos gustan los malos malotes????
roby de prestito inpdap