Lo que venía siendo una rave en el Far West
Aunque puedo certificar la existencia de un espécimen similar. Un personaje carismático y de tal sociabilidad que era conocido y querido en su ciudad, gran amante de la juerga y las salidas nocturnas, los bares eran su hábitat natural y era capaz de consumir grandes cantidades de alcohol y drogas sin apenas inmutarse; un imán para las mujeres (pero la clase de hombre al que saben que no deben tratar de atrapar, y al que siempre recordarán con una sonrisa) y para las situaciones, cuando menos, peculiares.
En una ocasión y, estando ingresado en un hospital por una herida de gravedad en un brazo provocada por un accidente, pude constatar que tenía mucha más vida social en aquel estado que la mayoría de los mortales en nuestra noche más loca.

Cuando el espécimen fue operado y su grado de recuperación le permitía deambular por el hospital, era habitual encontrarle en aquella terraza, siempre acompañado de distintos colegas que le facilitaban algunas caladas a un canuto o unos tragos de cerveza, todo ello terminantemente prohibido por orden facultativa. Me pregunto cuántos pasaron por allí, ya que en las ocasiones en que estuve aparecieron diferentes personas, ya fuera en grupo, en parejas o en solitario, de toda clase y condición, y todos ellos con actitud de íntimos.
Pues he aquí que una tarde, cuando el equipo médico acudió en busca de su paciente para realizar un seguimiento o administrar un tratamiento, éste no se encontraba en la habitación. Primero cundió la alarma, pero ante el aviso a la familia, su madre (mujer sensata y conocedora de las costumbres de su vástago) aseguró que su hijo no podía estar en otro lugar que no fuera aquella terraza, como ya saben, más concurrida que las de la Castellana.
El que fue enviado a mirar se asomó al balcón, pero no se le ocurrió recorrer la distancia de unos 10 metros que había hasta la esquina del edificio para acceder al recóndito lugar que servía de smoking room a su troupe, y volvió anunciando su ausencia. Entonces ya cundió el pánico: se enviaron celadores y enfermeras en su busca, que peinaron los bares de la zona sin éxito. El hospital fue un revuelo de batas blancas escudriñando rincones e interrogando convalecientes. "Dios santo, ¡se nos ha perdido un paciente!".







